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El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre, antes que llegue el Día del Señor, día grande y glorioso. (Hechos 2, 20)
Y todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. (Hechos 2, 21)
Israelitas, escuchen: A Jesús de Nazaret, el hombre que Dios acreditó ante ustedes realizando por su intermedio los milagros, prodigios y signos que todos conocen, (Hechos 2, 22)
a ese hombre que había sido entregado conforme al plan y a la previsión de Dios, ustedes lo hicieron morir, clavándolo en la cruz por medio de los infieles. (Hechos 2, 23)
Pero Dios lo resucitó, librándolo de las angustias de la muerte, porque no era posible que ella tuviera dominio sobre él. (Hechos 2, 24)
En efecto, refiriéndose a él, dijo David: Veía sin cesar al Señor delante de mí, porque él está a mi derecha para que yo no vacile. (Hechos 2, 25)
porque tú no entregarás mi alma al Abismo, ni dejarás que tu servidor sufra la corrupción. (Hechos 2, 27)
Tú me has hecho conocer los caminos de la vida y me llenarás de gozo en tu presencia. (Hechos 2, 28)
Hermanos, permítanme decirles con toda franqueza que el patriarca David murió y fue sepultado, y su tumba se conserva entre nosotros hasta el día de hoy. (Hechos 2, 29)
Por eso previó y anunció la resurrección del Mesías, cuando dijo que no fue entregado al Abismoni su cuerpo sufrió la corrupción. (Hechos 2, 31)
A este Jesús, Dios lo resucitó, y todos nosotros somos testigos. (Hechos 2, 32)
Exaltado por el poder de Dios, él recibió del Padre el Espíritu Santo prometido, y lo ha comunicado como ustedes ven y oyen. (Hechos 2, 33)