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David se apoderó de los escudos de oro que llevaba la guardia de Hadadézer y los llevó a Jerusalén. (I Crónicas 18, 7)
En Tibjab y en Cun, ciudades de Hadadézer, se apoderó también de una gran cantidad de bronce, que sirvió a Salomón para hacer la pila, las columnas y los utensilios de bronce. (I Crónicas 18, 8)
envió a su hijo Hadorán al rey David para saludarlo y felicitarlo por haber atacado y vencido a Hadadézer, pues Tou estaba en guerra con Hadadézer. Le envió objetos de oro, plata y bronce, (I Crónicas 18, 10)
Abisay, hijo de Sarvia, derrotó en el valle de la Sal a dieciocho mil edomitas. (I Crónicas 18, 12)
Cuando David se enteró, mandó que les salieran al encuentro, porque aquellos hombres estaban llenos de vergüenza, y les dijeran de parte del rey: "Quedaos en Jericó hasta que os crezca la barba, y luego vendréis". (I Crónicas 19, 5)
Los amonitas salieron y se pusieron en orden de batalla a la entrada de la ciudad. Los reyes que habían venido a sueldo estaban en el campo. (I Crónicas 19, 9)
Los amonitas, al ver huir a los sirios, huyeron también ellos ante Abisay, el hermano de Joab, y entraron en la ciudad. Joab se volvió a Jerusalén. (I Crónicas 19, 15)
Al año siguiente, al tiempo en que suelen salir los reyes de campaña, Joab, a la cabeza de un gran ejército, marchó contra la tierra de los amonitas y la devastó. Luego puso asedio a Rabá, mientras David estaba en Jerusalén. Joab se apoderó de Rabá y la destruyó. (I Crónicas 20, 1)
Se llevó cautivos a sus habitantes y los puso a trabajar con sierras, picos y hachas. Lo mismo hizo con todas las ciudades amonitas. David y todo su ejército volvieron a Jerusalén. (I Crónicas 20, 3)
El rey mantuvo su orden, y Joab salió a recorrer todo Israel, regresando luego a Jerusalén (I Crónicas 21, 4)
Luego envió al ángel destructor a Jerusalén y, cuando ya estaba a punto de exterminarla, el Señor sintió compasión por tanta desgracia y dijo al ángel exterminador: "Basta, retira tu mano". El ángel del Señor estaba junto a la era de Ornán, el jebuseo. (I Crónicas 21, 15)
David levantó los ojos y vio al ángel del Señor que estaba entre la tierra y el cielo, con la espada desenvainada en su mano y vuelta hacia Jerusalén. El rey y los ancianos, vestidos de saco, cayeron con sus rostros en tierra, (I Crónicas 21, 16)