Mosaico decorativo

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  • A sus órdenes los judíos consiguieron expulsar a los paganos de los territorios ocupados, especialmente de la ciudad de David, Jerusalén, donde habían construido una ciudadela, de la que salían profanando los aledaños del templo e infligiendo graves ofensas a su santidad. (I Macabeos 14, 36)

  • El rey Demetrio, por esto, le confirmó en el sumo sacerdocio, (I Macabeos 14, 38)

  • pues sabía que los romanos llamaban a los judíos amigos, aliados y hermanos, y habían recibido con honores a los emisarios de Simón; (I Macabeos 14, 40)

  • Antíoco, hijo del rey Demetrio, envió desde las islas del mar a Simón, sumo sacerdote y jefe de los judíos, y a toda la nación (I Macabeos 15, 1)

  • Puesto que hombres malvados se han apoderado del reino de nuestros padres, me he propuesto recobrarlo para restablecer la situación anterior. He reunido numerosas tropas y equipado naves de guerra (I Macabeos 15, 3)

  • El año 174, Antíoco entró en la tierra de sus padres; todas las fuerzas armadas se le unieron, quedando sólo pocos partidarios de Trifón. (I Macabeos 15, 10)

  • Han llegado a nosotros emisarios de los judíos, nuestros amigos y aliados, para renovar el antiguo tratado de amistad, mandados por el sumo sacerdote Simón y por el pueblo judío. (I Macabeos 15, 17)

  • La misma carta fue dirigida al rey Demetrio, a Atalo, a Ariarates, a Arsaces (I Macabeos 15, 22)

  • Habéis devastado su territorio, habéis hecho daño al país y os habéis apoderado de muchas ciudades de mi reino. (I Macabeos 15, 29)

  • Atenobio no le respondió nada, pero se volvió furioso al rey y le comunicó la respuesta y fastuosidad de Simón, con todo lo que había visto. El rey se enfureció. (I Macabeos 15, 36)

  • Mandó también emisarios a Guézer con la orden de matar a Juan. Solicitó por carta de los comandantes de las tropas judías que se unieran a él, prometiéndoles plata, oro y regalos. (I Macabeos 16, 19)

  • Mandó a otros partidarios suyos para que se apoderasen de Jerusalén y del monte del templo. (I Macabeos 16, 20)


"No tumulto das paixões terrenas, surge a grande esperança da misericórdia inexorável de Deus." São Padre Pio de Pietrelcina