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Retírese tu ira de nosotros, porque hemos quedado bien escasos en medio de las gentes entre las que nos dispersaste. (Baruc 2, 13)
Porque has descargado sobre nosotros tu cólera y tu furor, como habías amenazado por medio de tus siervos los profetas al decir: (Baruc 2, 20)
Pero nosotros no hicimos caso de tu invitación de servir al rey de Babilonia; y tú entonces has cumplido tus amenazas pronunciadas por medio de tus siervos los profetas; esto es, que los huesos de nuestros reyes y de nuestros padres serían sacados de sus sepulcros. (Baruc 2, 24)
Y, efectivamente, han sido tirados por el suelo al calor del día y al frío de la noche, y ellos murieron en medio de atroces penalidades de hambre, de espada y de peste. (Baruc 2, 25)
como habías hablado por medio de tu siervo Moisés, el día en que le ordenaste escribir tu ley en presencia de los israelitas, diciendo: (Baruc 2, 28)
"Si no escucháis mi voz, esta grande, enorme muchedumbre quedará con toda seguridad reducida a un pequeño número en medio de las naciones entre las que yo los dispersaré. (Baruc 2, 29)
En el medio aparecía la figura de cuatro seres, cuyo aspecto era el siguiente: presentaban forma humana, (Ezequiel 1, 5)
En medio de estos cuatro seres se veían como brazos incandescentes a modo de antorchas que se agitaban de acá para allá entre ellos. Resplandecía el fuego, y del fuego se desprendían fulgores. (Ezequiel 1, 13)
El aspecto de las ruedas, su estructura, resplandecía como el crisólito. Tenían las cuatro la misma forma y parecían dispuestas como si una estuviese en medio de la otra. (Ezequiel 1, 16)
Escuchen o no escuchen -puesto que son una raza de rebeldes-, sabrán que en medio de ellos se encuentra un profeta. (Ezequiel 2, 5)
Y tú, hijo de hombre, no los temas ni tengas miedo de sus palabras. No temas, aunque te encuentres entre cardos y zarzas y habites en medio de escorpiones. No temas sus palabras ni te asustes de sus miradas, porque no son más que una raza de rebeldes. (Ezequiel 2, 6)
Llegué a Tel-Abib, junto a los deportados que habitaban a lo largo del río Quebar, allí donde ellos habitaban, y permanecí como aturdido siete días en medio de ellos. (Ezequiel 3, 15)