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mandó cortar la lengua del que había hablado en nombre de todos, desollarle la cabeza y cortarle las extremidades, mientras sus hermanos y su madre lo presenciaban. (II Macabeos 7, 4)
Una vez completamente mutilado, mandó echarlo al fuego y freírlo cuando todavía vivía. El vapor de la caldera se extendía hasta lejos, y la madre y los hermanos se exhortaban mutuamente a morir valientemente, (II Macabeos 7, 5)
Pero, sobre todo, fue admirable la madre, y digna de gloriosa memoria. Ella, viendo muertos a sus siete hijos en el espacio de un día, lo llevaba todo con ánimo grande por la esperanza que tenía en el Señor. (II Macabeos 7, 20)
El niño no le hacía caso, por lo cual el rey llamó a la madre y le indicó que aconsejara a su hijo para que pudiera salvar la vida. (II Macabeos 7, 25)
Todavía estaba hablando la madre, cuando el hijo exclamó: "¿Qué esperas? No obedezco las órdenes del rey; yo sigo y obedezco los preceptos de la ley dada a nuestros padres por Moisés. (II Macabeos 7, 30)
Después de todos los hijos, murió también la madre. (II Macabeos 7, 41)
Escucha, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no rechaces la enseñanza de tu madre, (Proverbios 1, 8)
También yo fui un hijo para mi padre, tierno y querido a los ojos de mi madre. (Proverbios 4, 3)
Guarda, hijo mío, los preceptos de tu padre y no rechaces la enseñanza de tu madre. (Proverbios 6, 20)
El hijo sabio es la alegría de su padre, y el hijo necio la tristeza de su madre. (Proverbios 10, 1)
El hijo sabio alegra a su padre, el necio desprecia a su madre. (Proverbios 15, 20)
Un hijo necio es el tormento de su padre y la amargura de su madre. (Proverbios 17, 25)