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Mis queridos hermanos, escuchad. ¿No ha elegido Dios a los pobres según el mundo para ser ricos en la fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman? (Santiago 2, 5)
Pero vosotros despreciáis al pobre. ¿No son los ricos los que os oprimen y los que os arrastran a los tribunales? (Santiago 2, 6)
¿No son ellos los que blasfeman el hermoso nombre que ha sido invocado sobre vosotros? (Santiago 2, 7)
Porque el que guarda toda la ley, pero peca aunque sólo sea contra un mandamiento, se hace culpable de todos. (Santiago 2, 10)
y uno de vosotros les dice: "Id en paz, calentaos y alimentaos", sin darles lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve esto? (Santiago 2, 16)
Lo mismo es la fe: si no tiene obras, está muerta en sí misma. (Santiago 2, 17)
¿Tú crees que hay un solo Dios? Muy bien. Los demonios lo creen también, y tiemblan. (Santiago 2, 19)
Veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no sólo por la fe. (Santiago 2, 24)
¿Y Rajab, la prostituta, no fue también justificada por las obras, al recibir a los mensajeros y hacerles partir por otro camino? (Santiago 2, 25)
Metemos el freno en la boca a los caballos para que nos obedezcan y podamos así dirigir todo su cuerpo. (Santiago 3, 3)
De la misma manera las naves, que, aun siendo tan grandes y azotadas por vientos impetuosos, son dirigidas por un pequeño timón, según la voluntad del piloto. (Santiago 3, 4)
Toda clase de bestias y de aves, de reptiles y de peces es domable, y ha sido de hecho domada por los hombres. (Santiago 3, 7)