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y lo mandaron a Jerusalén, al sacerdote Joaquín, hijo de Jelcías, hijo de Salón, a los demás sacerdotes y al resto del pueblo que se encontraban con él en Jerusalén. (Baruc 1, 7)
Por esto se nos han pegado las calamidades y la maldición que el Señor comunicó a su siervo Moisés, cuando sacó a nuestros padres de Egipto, para darnos una tierra que mana leche y miel; éste es nuestro caso presente. (Baruc 1, 20)
haré desaparecer de las ciudades de Judá y de Jerusalén el canto de alegría y de alborozo, el canto del esposo y de la esposa, y todo el país quedará hecho un desierto, sin habitantes". (Baruc 2, 23)
"Si no escucháis mi voz, esta grande, enorme muchedumbre quedará con toda seguridad reducida a un pequeño número en medio de las naciones entre las que yo los dispersaré. (Baruc 2, 29)
entonces reconocerán que yo soy el Señor su Dios. Yo les daré un corazón y unos oídos que oigan. (Baruc 2, 31)
Y ellos me alabarán en el país de su destierro, se acordarán de mi nombre, (Baruc 2, 32)
Y yo, ¿cómo puedo ayudaros? (Baruc 4, 17)
Ánimo, hijos míos, clamad a Dios, pues el que os ha castigado se acordará de vosotros; (Baruc 4, 27)
porque Dios te dará este nombre para siempre: "Paz de la justicia" y "Gloria de la piedad". (Baruc 5, 4)
Las ofrendas que les hacen, los sacerdotes las venden para su provecho, otra parte la ponen en conserva sus mujeres, sin repartir nada al pobre y al enfermo. Y las mujeres que acaban de dar a luz y las que están en estado de menstruación tocan esas ofrendas. (Baruc 6, 27)
Si se les hace algún bien o algún mal no pueden dar el pago correspondiente. Ni pueden poner ni quitar rey. (Baruc 6, 33)
Tampoco son capaces de dar ni riquezas ni dinero. Si alguien les hace una promesa y no la cumple, no pueden pedir cuentas. (Baruc 6, 34)