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Quedará así una extensión, a lo largo de la porción sagrada, de cinco kilómetros por el este y cinco por el oeste, a lo largo de la porción sagrada; sus productos servirán para la manutención de los trabajadores de la ciudad. (Ezequiel 48, 18)
Los que trabajen en la ciudad serán tomados de todas las tribus de Israel. (Ezequiel 48, 19)
Toda la zona reservada formará un cuadrado de doce kilómetros y medio de lado. Reservaréis, en efecto, la zona sagrada, incluyendo la posesión de la ciudad. (Ezequiel 48, 20)
Lo que quede a uno y otro lado de la zona sagrada y de la posesión de la ciudad pertenecerá al príncipe; su porción se extenderá así a lo largo de los doce kilómetros y medio de la zona sagrada al este, hasta la frontera oriental, y al oeste a lo largo de los doce kilómetros y medio, hasta la frontera occidental; esto para el príncipe, en correspondencia con las demás porciones. Así en el medio estará la zona sagrada y el santuario del templo, (Ezequiel 48, 21)
entre la posesión de los levitas y la de la ciudad y entre la porción correspondiente al príncipe, la cual se encuentra entre el territorio de Judá y el de Benjamín. (Ezequiel 48, 22)
Y he aquí las salidas de la ciudad: por el lado norte, dos mil doscientos cincuenta metros. (Ezequiel 48, 30)
Las puertas de la ciudad llevarán los nombres de las tribus de Israel. Al norte, tres puertas: la puerta de Rubén, la puerta de Judá, la puerta de Leví. (Ezequiel 48, 31)
El perímetro medirá un total de nueve mil metros. Y desde aquel día el nombre de la ciudad será: "El Señor está allí". (Ezequiel 48, 35)
Tú has ejecutado sentencias justas en todos los males que nos has mandado a nosotros y a la ciudad santa de nuestros padres, Jerusalén; pues tú nos has tratado así conforme a la verdad y la justicia, a causa de nuestros pecados. (Daniel 3, 28)
Señor, movido por tu misma justicia, retira tu cólera y tu furor de Jerusalén, que es tu ciudad, tu santo monte; pues a causa de nuestros pecados y de las injusticias de nuestros padres, Jerusalén y tu pueblo se han hecho el escarnio de todas las gentes circundantes. (Daniel 9, 16)
Inclina, Dios mío, tus oídos y escucha. Abre tus ojos y mira nuestras ruinas y la ciudad sobre la cual se invoca tu nombre. Oh, no; no apoyados en nuestras obras justas presentamos nuestras súplicas ante ti, sino en tu gran misericordia. (Daniel 9, 18)
¡Señor, escucha! ¡Señor, perdona! ¡Señor, atiende y actúa! ¡No tardes más, por amor de ti mismo, oh Dios mío!, pues tu nombre se invoca sobre tu ciudad y sobre tu pueblo". (Daniel 9, 19)