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Consagré mi corazón a investigar y a observar con sabiduría todo lo que se hace bajo los cielos. Es ésta una penosa ocupación, que Dios ha dado a los hijos del hombre para que trabajen en ella. (Eclesiastés 1, 13)
He visto todo lo que se hace bajo el sol, y he aquí que todo es vanidad y dar caza al viento. (Eclesiastés 1, 14)
Luego reflexioné sobre todas las obras que mis manos habían hecho y sobre la fatiga que me había tomado por hacerlas, y he aquí que todo es vanidad, andar a la caza del viento, y no queda provecho alguno bajo el sol. (Eclesiastés 2, 11)
Detesto la vida porque me disgusta todo lo que se hace bajo el sol, porque todo es vanidad y dar caza al viento. (Eclesiastés 2, 17)
Detesto todo el trabajo que he hecho bajo el sol y que dejaré a mi sucesor. (Eclesiastés 2, 18)
Quién sabe si él será sabio o necio? Y, sin embargo, dispondrá de todo mi trabajo, en el que yo empleé mi fatiga y mi sabiduría bajo el sol. También esto es vanidad. (Eclesiastés 2, 19)
Cedió mi corazón al desaliento respecto a todo el trabajo en que me afané bajo el sol. (Eclesiastés 2, 20)
Entonces, ¿qué provecho saca el hombre de todo su trabajo y de la fatiga de su corazón con que se afanó bajo el sol? (Eclesiastés 2, 22)
No hay más felicidad para el hombre que comer y beber y gozar él mismo del bienestar de su trabajo. Y yo considero que esto viene de la mano de Dios. (Eclesiastés 2, 24)
Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el cielo: (Eclesiastés 3, 1)
Quién sabe si el aliento del hombre sube arriba y el de las bestias desciende bajo la tierra? (Eclesiastés 3, 21)
Y he visto también todas las opresiones que se cometen bajo el sol. ¡Las lágrimas de los oprimidos sin tener quien los consuele! ¡La mano de sus opresores les hace violencia, sin encontrar quien los vengue! (Eclesiastés 4, 1)