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Murió Baal Janán, hijo de Acbor, y le sucedió Hadar; su capital se llamaba Pau, y su mujer Mehetabel, hija de Matred, hijo de Mezahab. (Génesis 36, 39)
Jacob se estableció en la tierra adonde había emigrado su padre, la tierra de Canaán. (Génesis 37, 1)
Y añadió: "No derraméis sangre; echadlo a esa cisterna solitaria, pero no pongáis las manos en él". Era para librarlo de sus manos y devolverlo luego a su padre. (Génesis 37, 22)
Y se pusieron a comer. Alzando los ojos, divisaron una caravana de ismaelitas que venían de Galaad. Sus camellos iban cargados de aromas, bálsamo y mirra, que llevaban a Egipto. (Génesis 37, 25)
Allí vio a la hija de un cananeo llamado Súa, la tomó por mujer y vivió con ella. (Génesis 38, 2)
Fueron pasando los días, y la hija de Súa, la mujer de Judá, murió. Cuando terminó el duelo por ella, Judá subió con su amigo Jirá, el adulamita, al esquileo de su ganado a Timná. (Génesis 38, 12)
Y mientras los daba a luz, uno de ellos sacó la mano, y la partera la agarró y ató a ella un hilo de grana, diciendo: "Éste salió el primero". (Génesis 38, 28)
Después salió el otro, que tenía en la mano el hilo de grana, y lo llamó Zéraj. (Génesis 38, 30)
Después de todo esto, el copero del rey de Egipto y su panadero cometieron una culpa contra su señor, el rey de Egipto. (Génesis 40, 1)
El Faraón se irritó contra sus dos oficiales, el primer copero y el primer panadero, (Génesis 40, 2)
Pues bien, una misma noche los dos, el copero y el panadero, tuvieron cada uno un sueño con su propio significado para cada uno. (Génesis 40, 5)
Cuando a la mañana siguiente José fue a buscarlos, se dio cuenta de que estaban tristes; (Génesis 40, 6)