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Nos embarcamos en Tróada y fuimos derechos a Samotracia, y al día siguiente a Neápolis; (Hechos 16, 11)
El sábado salimos fuera de la puerta, a la orilla de un río, donde suponíamos que habría un sitio para orar. Nos sentamos y empezamos a hablar a las mujeres que habían concurrido. (Hechos 16, 13)
Cuando ella y los de su casa recibieron el bautismo, suplicó: «Si juzgáis que soy fiel al Señor, venid y quedaos en mi casa.» Y nos obligó a ir. (Hechos 16, 15)
Nos seguía a Pablo y a nosotros gritando: «Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, que os anuncian un camino de salvación.» (Hechos 16, 17)
Venía haciendo esto durante muchos días. Cansado Pablo, se volvió y dijo al espíritu: «En nombre de Jesucristo te mando que salgas de ella.» Y en el mismo instante salió. (Hechos 16, 18)
Al ver sus amos que se les había ido su esperanza de ganancia, prendieron a Pablo y a Silas y los arrastraron hasta el ágora, ante los magistrados; (Hechos 16, 19)
los presentaron a los pretores y dijeron: «Estos hombres alborotan nuestra ciudad; son judíos (Hechos 16, 20)
y predican unas costumbres que nosotros, por ser romanos, no podemos aceptar ni practicar.» (Hechos 16, 21)
La gente se amotinó contra ellos; los pretores les hicieron arrancar los vestidos y mandaron azotarles con varas. (Hechos 16, 22)
Este, al recibir tal orden, los metió en el calabozo interior y sujetó sus pies en el cepo. (Hechos 16, 24)
Hacia la media noche Pablo y Silas estaban en oración cantando himnos a Dios; los presos les escuchaban. (Hechos 16, 25)
De repente se produjo un terremoto tan fuerte que los mismos cimientos de la cárcel se conmovieron. Al momento quedaron abiertas todas las puertas y se soltaron las cadenas de todos. (Hechos 16, 26)