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Sus crías lamen sangre; donde hay muertos, allí está. (Job 39, 30)
Así que tomad siete novillos y siete carneros, id donde mi siervo Job, y ofreced por vosotros un holocausto. Mi siervo Job intercederá por vosotros y, en atención a él, no os castigaré por no haber hablado con verdad de mí, como mi siervo Job.» (Job 42, 8)
Vinieron, pues, donde él todos sus hermanos y todas sus hermanas, así como todos sus conocidos de antaño; y mientras celebraban con él un banquete en su casa, le compadecieron y le consolaron por todo el infortunio que Yahveh había traído sobre él. Y cada uno de ellos le hizo el obsequio de un agno de plata y de un anillo de oro. (Job 42, 11)
si a mi bienhechor con mal he respondido si he perdonado al opresor injusto, (Salmos 7, 5)
Y en ti confíen los que saben tu nombre, pues tú, Yahveh, no abandonas a los que te buscan. (Salmos 9, 11)
Res. Lo has visto ya, que la pena y la tristeza las miras tú para tomarlas en tu mano: el desvalido se abandona a ti, tú socorres al huérfano. (Salmos 10, 14)
Allí de espanto temblarán donde nada hay que espante, que Dios está por la raza del justo: (Salmos 14, 5)
pues no has de abandonar mi alma al seol, ni dejarás a tu amigo ver la fosa. (Salmos 16, 10)
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¡lejos de mi salvación la voz de mis rugidos! (Salmos 22, 2)
Lámed. Por tu nombre, oh Yahveh, perdona mi culpa, porque es grande. (Salmos 25, 11)
No me ocultes tu rostro. No rechaces con cólera a tu siervo; tú eres mi auxilio. No me abandones, no me dejes, Dios de mi salvación. (Salmos 27, 9)
Si mi padre y mi madre me abandonan, Yahveh me acogerá. (Salmos 27, 10)