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Jesús le respondió: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. (Juan 4, 21)
Y fue otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, que tenía su hijo enfermo en Cafarnaún. (Juan 4, 46)
Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. (Juan 6, 3)
Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada. (Juan 6, 13)
Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña. (Juan 6, 15)
Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo». (Juan 6, 31)
Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. (Juan 6, 49)
Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo. (Juan 6, 66)
Jesús era el comentario de la multitud. Unos opinaban: «Es un hombre de bien». Otros, en cambio, decían: «No, engaña al pueblo». (Juan 7, 12)
el que cree en mí». Como dice la Escritura: De su seno brotarán manantiales de agua viva. (Juan 7, 38)
Los fariseos respondieron: «¿También ustedes se dejaron engañar? (Juan 7, 47)
Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. (Juan 11, 1)