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Se originó entonces una discusión entre los discípulos de Juan y un judío, acerca de la purificación. (Juan 3, 25)
Fueron a buscar a Juan y le dijeron: «Maestro, el que estaba contigo al otro lado del Jordán y del que tú has dado testimonio, también bautiza y todos acuden a él». (Juan 3, 26)
En las bodas, el que se casa es el esposo; pero el amigo del esposo, que esta allí y lo escucha, se llena de alegría al oír su voz. Por eso mi gozo es ahora perfecto. (Juan 3, 29)
El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra. El que vino del cielo (Juan 3, 31)
El que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida. (Juan 3, 34)
Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía. (Juan 4, 6)
«Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? (Juan 4, 11)
«Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla». (Juan 4, 15)
porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad». (Juan 4, 18)
La mujer le dijo: «Señor, veo que eres un profeta. (Juan 4, 19)
Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar». (Juan 4, 20)
Jesús le respondió: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. (Juan 4, 21)