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Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado. (Juan 2, 22)
Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos (Juan 2, 24)
y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: él sabía lo que hay en el interior del hombre. (Juan 2, 25)
Fue de noche a ver a Jesús y le dijo: «Maestro, sabemos que tú has venido de parte de Dios para enseñar, porque nadie puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él». (Juan 3, 2)
Nicodemo le preguntó: «¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?». (Juan 3, 4)
Porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. (Juan 3, 16)
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. (Juan 3, 17)
El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. (Juan 3, 18)
En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. (Juan 3, 19)
Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. (Juan 3, 20)
En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios». (Juan 3, 21)
Juan seguía bautizando en Enón, cerca de Salim, porque había mucha agua en ese lugar y la gente acudía para hacerse bautizar. (Juan 3, 23)