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y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios». (Juan 1, 36)
«Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron donde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde. (Juan 1, 39)
Jesús continuó: «Porque te dije: "Te vi debajo de la higuera", crees. Verás cosas más grandes todavía». (Juan 1, 50)
Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía». (Juan 2, 4)
Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas». Y las llenaron hasta el borde. (Juan 2, 7)
«Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete». Así lo hicieron. (Juan 2, 8)
El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo (Juan 2, 9)
y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento». (Juan 2, 10)
Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él. (Juan 2, 11)
y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. (Juan 2, 14)
y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio». (Juan 2, 16)
Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá. (Juan 2, 17)