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Se levantó y partió. Y he aquí que un etíope eunuco, alto funcionario de Candace, reina de los etíopes, que estaba a cargo de todos sus tesoros, y había venido a adorar en Jerusalén, (Hechos 8, 27)
regresaba sentado en su carro, leyendo al profeta Isaías. (Hechos 8, 28)
El pasaje de la Escritura que iba leyendo era éste: «Fue llevado como una oveja al matadero; y como cordero, mudo delante del que lo trasquila, así él no abre la boca. (Hechos 8, 32)
El eunuco preguntó a Felipe: «Te ruego me digas de quién dice esto el profeta: ¿de sí mismo o de otro?» (Hechos 8, 34)
y en saliendo del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe y ya no le vio más el eunuco, que siguió gozoso su camino. (Hechos 8, 39)
Felipe se encontró en Azoto y recorría evangelizando todas las ciudades hasta llegar a Cesarea. (Hechos 8, 40)
Entretanto Saulo, respirando todavía amenazas y muertes contra los discípulos del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote, (Hechos 9, 1)
y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que si encontraba algunos seguidores del Camino, hombres o mujeres, los pudiera llevar atados a Jerusalén. (Hechos 9, 2)
Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo, (Hechos 9, 3)
El respondió: «¿Quién eres, Señor?» Y él: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues. (Hechos 9, 5)
Los hombres que iban con él se habían detenido mudos de espanto; oían la voz, pero no veían a nadie. (Hechos 9, 7)
Pasó tres días sin ver, sin comer y sin beber. (Hechos 9, 9)