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Había en Damasco un discípulo llamado Ananías. El Señor le dijo en una visión: «Ananías.» El respondió: «Aquí estoy, Señor.» (Hechos 9, 10)
Y el Señor: «Levántate y vete a la calle Recta y pregunta en casa de Judas por uno de Tarso llamado Saulo; mira, está en oración (Hechos 9, 11)
y ha visto que un hombre llamado Ananías entraba y le imponía las manos para devolverle la vista.» (Hechos 9, 12)
Respondió Ananías: «Señor, he oído a muchos hablar de ese hombre y de los muchos males que ha causado a tus santos en Jerusalén (Hechos 9, 13)
y que está aquí con poderes de los sumos sacerdotes para apresar a todos los que invocan tu nombre.» (Hechos 9, 14)
El Señor le contestó: «Vete, pues éste me es un instrumento de elección que lleve mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. (Hechos 9, 15)
Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre.» (Hechos 9, 16)
Fue Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: «Saúl, hermano, me ha enviado a ti el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino por donde venías, para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo.» (Hechos 9, 17)
Al instante cayeron de sus ojos unas como escamas, y recobró la vista; se levantó y fue bautizado. (Hechos 9, 18)
Tomó alimento y recobró las fuerzas. Estuvo algunos días con los discípulos de Damasco, (Hechos 9, 19)
y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: que él era el Hijo de Dios. (Hechos 9, 20)
Todos los que le oían quedaban atónitos y decían: «¿No es éste el que en Jerusalén perseguía encarnizadamente a los que invocaban ese nombre, y no ha venido aquí con el objeto de llevárselos atados a los sumos sacerdotes?» (Hechos 9, 21)