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Al oír esto, sus corazones se consumían de rabia y rechinaban sus dientes contra él. (Hechos 7, 54)
y dijo: «Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios.» (Hechos 7, 56)
Entonces, gritando fuertemente, se taparon sus oídos y se precipitaron todos a una sobre él; (Hechos 7, 57)
le echaron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle. Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo. (Hechos 7, 58)
Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación: «Señor Jesús, recibe mi espíritu.» (Hechos 7, 59)
Saulo aprobaba su muerte. Aquel día se desató una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén. Todos, a excepción de los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria. (Hechos 8, 1)
Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban e hicieron gran duelo por él. (Hechos 8, 2)
Entretanto Saulo hacía estragos en la Iglesia; entraba por las casas, se llevaba por la fuerza hombres y mujeres, y los metía en la cárcel. (Hechos 8, 3)
Felipe bajó a una ciudad de Samaria y les predicaba a Cristo. (Hechos 8, 5)
La gente escuchaba con atención y con un mismo espíritu lo que decía Felipe, porque le oían y veían las señales que realizaba; (Hechos 8, 6)
En la ciudad había ya de tiempo atrás un hombre llamado Simón que practicaba la magia y tenía atónito al pueblo de Samaria y decía que él era algo grande. (Hechos 8, 9)
Y todos, desde el menor hasta el mayor, le prestaban atención y decían: «Este es la Potencia de Dios llamada la Grande.» (Hechos 8, 10)