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Invoco al Señor en alta voz y él me responde desde su santa Montaña. (Salmos 3, 5)
y destruyes a los mentirosos. ¡Al hombre sanguinario y traicionero lo abomina el Señor! (Salmos 5, 7)
Pero yo, por tu inmensa bondad, llegaré hasta tu Casa, y me postraré ante tu santo Templo con profundo temor. (Salmos 5, 8)
Ten piedad de mí, porque me faltan las fuerzas; sáname, porque mis huesos se estremecen. (Salmos 6, 3)
Porque él pide cuenta de la sangre, se acuerda de los pobres y no olvida su clamor. (Salmos 9, 13)
¿Por qué el malvado desprecia a Dios, pensando que tú no pides cuenta? (Salmos 10, 13)
Pero el Señor está en su santo Templo, el Señor tiene su trono en el cielo. Sus ojos observan el mundo, sus pupilas examinan a los hombres: (Salmos 11, 4)
Salmo de David. Señor, ¿quién se hospedará en tu Carpa?, ¿quién habitará en tu santa Montaña? (Salmos 15, 1)
Multiplican sus ídolos y corren tras ellos, pero yo no les ofreceré libaciones de sangre, ni mis labios pronunciarán sus nombres. (Salmos 16, 4)
de los malvados que me acosan, del enemigo mortal que me rodea. (Salmos 17, 9)
Que él te auxilie desde su Santuario y te proteja desde Sión; (Salmos 20, 3)
Ahora sé que el Señor ha dado la victoria a su Ungido, lo ha hecho triunfar desde su santo cielo con las proezas de su mano salvadora. (Salmos 20, 7)