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La mujer entró en la ciudad y habló a todo el pueblo con su habitual prudencia. Le cortaron la cabeza a Seba, hijo de Bikrí, y se la arrojaron a Joab. Entonces éste hizo sonar el cuerno y se alejaron de la ciudad cada uno a su tienda. Joab se volvió a Jerusalén junto al rey. (II Samuel 20, 22)
Pero acudió en su socorro Abisay, hijo de Sarvia, que hirió al filisteo y le mató. Entonces los hombres de David le conjuraron diciendo: «No vuelvas a salir al combate con nosotros, para que no apagues la antorcha en Israel.» (II Samuel 21, 17)
David dijo a Yahveh las palabras de este cántico el día que le salvó Yahveh de la mano de todos sus enemigos y de la mano de Saúl. (II Samuel 22, 1)
mi Dios, la peña en que me amparo, mi escudo y fuerza de mi salvación, mi ciudadela y mi refugio, mi salvador que me salva de la violencia. (II Samuel 22, 3)
Invoco a Yahveh que es digno de alabanza, y quedo a salvo de mis enemigos. (II Samuel 22, 4)
Una humareda subió de sus narices y de su boca un fuego que abrasaba; de él salían carbones encendidos. (II Samuel 22, 9)
Tú que salvas al pueblo humilde, y abates los ojos altaneros. (II Samuel 22, 28)
Tú me das tu escudo salvador, multiplicas tus respuestas favorables (II Samuel 22, 36)
Claman, mas no hay salvador, a Yahveh, y no les responde. (II Samuel 22, 42)
¡Viva Yahveh bendita sea mi Roca, el Dios de mi salvación sea ensalzado! (II Samuel 22, 47)
Tú me libras de mis enemigos, me exaltas sobre mis agresores, y del hombre violento me salvas. (II Samuel 22, 49)
Estas son las últimas palabras de David: Oráculo de David, hijo de Jesé, oráculo del hombre puesto en alto, el ungido del Dios de Jacob, el suave salmista de Israel: (II Samuel 23, 1)