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¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones que luchan en vuestros miembros? (Santiago 4, 1)
Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones. (Santiago 4, 3)
Más aún, da una gracia mayor; por eso dice: Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. (Santiago 4, 6)
Someteos, pues, a Dios; resistid al Diablo y él huirá de vosotros. (Santiago 4, 7)
Acercaos a Dios y él se acercará a vosotros. Purificaos, pecadores, las manos; limpiad los corazones, hombres irresolutos. (Santiago 4, 8)
No habléis mal unos de otros, hermanos. El que habla mal de un hermano o juzga a su hermano, habla mal de la Ley y juzga a la Ley; y si juzgas a la Ley, ya no eres un cumplidor de la Ley, sino un juez. (Santiago 4, 11)
Uno solo es el legislador y juez, que puede salvar o perder. En cambio tú, ¿quién eres para juzgar al prójimo? (Santiago 4, 12)
Ahora bien, vosotros los que decís: «Hoy o mañana iremos a tal ciudad, pasaremos allí el año, negociaremos y ganaremos»; (Santiago 4, 13)
vosotros que no sabéis qué será de vuestra vida el día de mañana... ¡Sois vapor que aparece un momento y después desaparece! (Santiago 4, 14)
En lugar de decir: «Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello». (Santiago 4, 15)
Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros. (Santiago 5, 1)
vuestro oro y vuestra plata están tomados de herrumbre y su herrumbre será testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado riquezas en estos días que son los últimos. (Santiago 5, 3)