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Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar elevando hacia el cielo unas manos piadosas, sin ira ni discusiones. (I Timoteo 2, 8)
Así mismo que las mujeres, vestidas decorosamente, se adornen con pudor y modestia, no con trenzas ni con oro o perlas o vestidos costosos, (I Timoteo 2, 9)
sino con buenas obras, como conviene a mujeres que hacen profesión de piedad. (I Timoteo 2, 10)
No permito que la mujer enseñe ni que domine al hombre. Que se mantenga en silencio. (I Timoteo 2, 12)
Y el engañado no fue Adán, sino la mujer que, seducida, incurrió en la transgresión. (I Timoteo 2, 14)
Es cierta esta afirmación: Si alguno aspira al cargo de espíscopo, desea una noble función. (I Timoteo 3, 1)
ni bebedor ni violento, sino moderado, enemigo de pendencias, desprendido del dinero, (I Timoteo 3, 3)
pues si alguno no es capaz de gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la Iglesia de Dios? (I Timoteo 3, 5)
Que no sea neófito, no sea que, llevado por la soberbia, caiga en la misma condenación del Diablo. (I Timoteo 3, 6)
Es necesario también que tenga buena fama entre los de fuera, para que no caiga en descrédito y en las redes del Diablo. (I Timoteo 3, 7)
También los diáconos deben ser dignos, sin doblez, no dados a beber mucho vino ni a negocios sucios; (I Timoteo 3, 8)
Primero se les someterá a prueba y después, si fuesen irreprensibles, serán diáconos. (I Timoteo 3, 10)