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pero, comprendiendo que no podría poseer la Sabiduría si Dios no me la daba, - y ya era un fruto de la prudencia saber de quién procedía esta gracia - recurrí al Señor y le pedí, y dije con todo mi corazón: (Sabiduría 8, 21)
«Dios de los Padres, Señor de la misericordia, que hiciste el universo con tu palabra, (Sabiduría 9, 1)
¿Qué hombre, en efecto, podrá conocer la voluntad de Dios? ¿Quién hacerse idea de lo que el Señor quiere? (Sabiduría 9, 13)
Entró en el alma de un servidor del Señor e hizo frente a reyes temibles con prodigios y señales; (Sabiduría 10, 16)
De este modo los justos despojaron a los impíos; entonaron cantos, Señor, a tu santo Nombre y unánimes celebraron tu mano protectora, (Sabiduría 10, 20)
porque, al oír que lo mismo que era su castigo, era para los otros un beneficio, reconocieron al Señor; (Sabiduría 11, 13)
Mas tú con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor que amas la vida, (Sabiduría 11, 26)
Por eso mismo gradualmente castigas a los que caen; les amonestas recordándoles en qué pecan para que, apartándose del mal, crean en ti, Señor. (Sabiduría 12, 2)
Que si, cautivados por su belleza, los tomaron por dioses, sepan cuánto les aventaja el Señor de éstos, pues fue el Autor mismo de la belleza quien los creó. (Sabiduría 13, 3)
pues si llegaron a adquirir tanta ciencia que les capacitó para indagar el mundo, ¿cómo no llegaron primero a descubrir a su Señor? (Sabiduría 13, 9)
Ni los curó hierba ni emplasto alguno, sino tu palabra, Señor, que todo lo sana. (Sabiduría 16, 12)
De este modo enseñabas a tus hijos queridos, Señor, que no son las diversas especies de frutos los que alimentan al hombre, sino que es tu palabra la que mantiene a los que creen en ti. (Sabiduría 16, 26)