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Mirad a las generaciones de antaño y ved: ¿Quién se confió al Señor y quedó confundido? ¿Quién perseveró en su temor y quedó abandonado? ¿Quién le invocó y fue desatendido? (Eclesiástico 2, 10)
Que el Señor es compasivo y misericordioso, perdona los pecados y salva en la hora de la tribulación. (Eclesiástico 2, 11)
Pues la gloria del hombre procede de la honra de su padre, y baldón de los hijos es la madre en desdoro. (Eclesiástico 3, 11)
Como blasfemo es el que abandona a su padre, maldito del Señor quien irrita a su madre. (Eclesiástico 3, 16)
El agua apaga el fuego llameante, la limosma perdona los pecados. (Eclesiástico 3, 30)
El que la posee tendrá gloria en herencia, dondequiera que él entre, le bendecirá el Señor. (Eclesiástico 4, 13)
Que si él se descarría, le abandonará, y le dejará a merced de su propia caída. (Eclesiástico 4, 19)
Del perdón no te sientas tan seguro que acumules pecado tras pecado. (Eclesiástico 5, 5)
No digas: «Su compasión es grande, él me perdonará la multitud de mis pecados.» Porque en él hay misericordia, pero también hay cólera, y en los pecadores se desahoga su furor. (Eclesiástico 5, 6)
Pues adorno de oro es su yugo, y sus cadenas cordones de jacinto. (Eclesiástico 6, 30)
No digas: «Pondrá él sus ojos en la abundancia de mis dones, cuando se los presente al Dios Altísimo, los aceptará.» (Eclesiástico 7, 9)
Con todas tus fuerzas ama al que te hizo, y a sus ministros no abandones. (Eclesiástico 7, 30)