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«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.) (Juan 4, 9)
Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por las palabras de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho.» (Juan 4, 39)
Cuando llegaron donde él los samaritanos, le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. (Juan 4, 40)
Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. (Juan 5, 5)
Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: (Juan 6, 8)
Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.» (Juan 6, 34)
Y le dijeron sus hermanos: «Sal de aquí y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces, (Juan 7, 3)
Es que ni siquiera sus hermanos creían en él. (Juan 7, 5)
Entonces les dice Jesús: «Todavía no ha llegado mi tiempo, en cambio vuestro tiempo siempre está a mano. (Juan 7, 6)
Pero después que sus hermanos subieron a la fiesta, entonces él también subió no manifiestamente, sino de incógnito. (Juan 7, 10)
Querían, pues, detenerle, pero nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora. (Juan 7, 30)
Algunos de ellos querían detenerle, pero nadie le echó mano. (Juan 7, 44)