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Un sábado, Jesús enseñaba en una sinagoga. (Lucas 13, 10)
Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la multitud: «Los días de trabajo son seis; vengan durante esos días para hacerse curar, y no el sábado». (Lucas 13, 14)
Pero todos, sin excepción, empezaron a excusarse. El primero le dijo: "Acabo de comprar un campo y tengo que ir a verlo. Te ruego me disculpes". (Lucas 14, 18)
pero él le respondió: "Hace tantos años que te sirvo, sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. (Lucas 15, 29)
¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?». (Lucas 17, 18)
Después Jesús les enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse: (Lucas 18, 1)
En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!". (Lucas 18, 13)
Y le dijeron: «Maestro, sabemos que hablas y enseñas con rectitud y que no tienes en cuenta la condición de las personas, sino que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios. (Lucas 20, 21)
y le dijeron: «Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. (Lucas 20, 28)
Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. (Lucas 20, 29)
se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. (Lucas 20, 31)
Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él». (Lucas 20, 38)