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Los que iban delante y los que seguían a Jesús, gritaban: «¡Hosana! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! (Marcos 11, 9)
¡Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David! ¡Hosanaen las alturas!». (Marcos 11, 10)
Todavía le quedaba alguien, su hijo, a quien quería mucho, y lo mandó en último término, pensando: "Respetarán a mi hijo". (Marcos 12, 6)
El mismo David ha dicho, movido por el Espíritu Santo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies. (Marcos 12, 36)
Y después, estando sentado en el monte de los Olivos, frente al Templo, Pedro, Santiago, Juan y Andrés le preguntaron en privado: (Marcos 13, 3)
Cuando los entreguen, no se preocupen por lo que van a decir: digan lo que se les enseñe en ese momento, porque no serán ustedes los que hablarán, sino el Espíritu Santo. (Marcos 13, 11)
Y les dijo: «Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. (Marcos 14, 24)
Después llevó con él a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir temor y a angustiarse. (Marcos 14, 33)
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un testimonio contra Jesús, para poder condenarlo a muerte, pero no lo encontraban. (Marcos 14, 55)
En cuanto amaneció, los sumos sacerdotes se reunieron en Consejo con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín. Y después de atar a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. (Marcos 15, 1)
Pilato lo interrogó nuevamente: «¿No respondes nada? ¡Mira de todo lo que te acusan!». (Marcos 15, 4)
Había también allí algunas mujeres que miraban de lejos. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, (Marcos 15, 40)