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Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente. (Mateo 4, 23)
Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. (Mateo 5, 1)
Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, la multitud estaba asombrada de su enseñanza, (Mateo 7, 28)
Cuando Jesús bajó de la montaña, lo siguió una gran multitud. (Mateo 8, 1)
Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado». Y al instante quedó purificado de su lepra. (Mateo 8, 3)
Jesús le dijo: «No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio». (Mateo 8, 4)
Jesús le dijo: «Yo mismo iré a curarlo». (Mateo 8, 7)
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «Les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel que tenga tanta fe. (Mateo 8, 10)
Y Jesús dijo al centurión: «Ve, y que suceda como has creído». Y el sirviente se curó en ese mismo momento. (Mateo 8, 13)
Cuando Jesús llegó a la casa de Pedro, encontró a la suegra de este en cama con fiebre. (Mateo 8, 14)
Al verse rodeado de tanta gente, Jesús mandó a sus discípulos que cruzaran a la otra orilla. (Mateo 8, 18)
Jesús le respondió: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza». (Mateo 8, 20)