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Nadie, al ser tentado, diga que Dios lo tienta: Dios no puede ser tentado por el mal, ni tienta a nadie, (Santiago 1, 13)
sino que cada uno es tentado por sus malos deseos, que lo atraen y lo seducen. (Santiago 1, 14)
Él ha querido engendrarnos por su Palabra de verdad, para que seamos como las primicias de su creación. (Santiago 1, 18)
En cambio, el que considera atentamente la Ley perfecta, que nos hace libres, y se aficiona a ella, no como un oyente distraído, sino como un verdadero cumplidor de la Ley, será feliz al practicarla. (Santiago 1, 25)
Hermanos, ustedes que creen en nuestro Señor Jesucristo glorificado, no hagan acepción de personas. (Santiago 2, 1)
Supongamos que cuando están reunidos, entra un hombre con un anillo de oro y vestido elegantemente, y al mismo tiempo, entra otro pobremente vestido. (Santiago 2, 2)
Si ustedes se fijan en el que está muy bien vestido y le dicen: «Siéntate aquí, en el lugar de honor», y al pobre le dicen: «Quédate allí, de pie», o bien: «Siéntate a mis pies», (Santiago 2, 3)
Por lo tanto, si ustedes cumplen la Ley por excelencia que está en la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, proceden bien. (Santiago 2, 8)
Pero si hacen acepción de personas, cometen un pecado y son condenados por la Ley como transgresores. (Santiago 2, 9)
Porque el que ha dicho: No cometerás adulterio, dijo también: No matarás. Por lo tanto, si evitas el adulterio, pero cometes un homicidio, te haces transgresor de la Ley. (Santiago 2, 11)
Hablen y actúen como quienes deben ser juzgados por una Ley que nos hace libres. (Santiago 2, 12)
Porque el que no tiene misericordia será juzgado sin misericordia, pero la misericordia triunfa sobre el juicio. (Santiago 2, 13)