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Lo que fue, eso mismo será; lo que se hizo, eso mismo se hará: ¡no hay nada nuevo bajo el sol! (Eclesiastés 1, 9)
No negué a mis ojos nada de lo que pedían, ni privé a mi corazón de ningún placer; mi corazón se alegraba de todo mi trabajo, y este era el premio de todo mi esfuerzo. (Eclesiastés 2, 10)
Yo reconocí que todo lo que hace Dios dura para siempre: no hay que añadirle ni quitarle nada, y Dios obra así para que se tenga temor en su presencia. (Eclesiastés 3, 14)
Esta riqueza se pierde en un mal negocio, y el hijo que él engendró se queda sin nada. (Eclesiastés 5, 13)
Él salió desnudo del vientre de su madre, y así volverá, como había venido; de su esfuerzo no saca nada que pueda llevárselo consigo. (Eclesiastés 5, 14)
Este es ciertamente un mal muy penoso: se fue exactamente como había venido, ¿y de qué le aprovechó esforzarse por nada? (Eclesiastés 5, 15)
A uno Dios le ha dado riquezas, posesiones y honores, y no le falta nada de todo lo que desea. Pero Dios no le permite disfrutar de eso, sino que lo disfruta un extraño. Esto es vanidad y un mal penoso. (Eclesiastés 6, 2)
Disfruta de los días felices y en los días adversos, reflexiona: Dios hizo que se sucedan unos a otros, de manera que el hombre no descubra nada de lo que vendrá después de él. (Eclesiastés 7, 14)
No te apresures a retirarte de su presencia ni te obstines en nada malo, porque él hace lo que quiere: (Eclesiastés 8, 3)
entonces yo vi toda la obra de Dios. El hombre no puede descubrir la obra que se hace bajo el sol. Por más que se esfuerce en buscar, no encuentra; y aunque el sabio diga que conoce, en realidad, nada puede descubrir. (Eclesiastés 8, 17)
Los vivos, en efecto, saben que morirán, pero los muertos no saben nada: para ellos ya no hay retribución, porque su recuerdo cayó en el olvido. (Eclesiastés 9, 5)
¡Vanidad, pura vanidad!, dice Cohélet. ¡Nada más que vanidad! (Eclesiastés 12, 8)