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Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. (Marcos 3, 34)
a fin de que miren y no vean, oigan y no entiendan, no sea que se conviertan y alcancen el perdón». (Marcos 4, 12)
El hombre se fue y comenzó a proclamar por la región de la Decápolis lo que Jesús había hecho por él, y todos quedaban admirados. (Marcos 5, 20)
Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido. (Marcos 5, 32)
y, en el colmo de la admiración, decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos». (Marcos 7, 37)
Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres». (Marcos 8, 33)
De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos. (Marcos 9, 8)
Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme». (Marcos 10, 21)
Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!». (Marcos 10, 23)
Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible». (Marcos 10, 27)
esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?». (Marcos 12, 11)
Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. (Marcos 12, 41)