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Pero él se refería al templo de su cuerpo. (Juan 2, 21)
En las bodas, el que se casa es el esposo; pero el amigo del esposo, que esta allí y lo escucha, se llena de alegría al oír su voz. Por eso mi gozo es ahora perfecto. (Juan 3, 29)
La samaritana le respondió: «¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos. (Juan 4, 9)
La mujer le dijo: «Señor, veo que eres un profeta. (Juan 4, 19)
Él mismo había declarado que un profeta no goza de prestigio en su propio pueblo. (Juan 4, 44)
Pero cuando llegó, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la Pascua; ellos también, en efecto, habían ido a la fiesta. (Juan 4, 45)
Y fue otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, que tenía su hijo enfermo en Cafarnaún. (Juan 4, 46)
Bajo estos pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos, lisiados y paralíticos, que esperaban la agitación del agua. (Juan 5, 3)
Había allí un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años. (Juan 5, 5)
Pero el enfermo lo ignoraba, porque Jesús había desaparecido entre la multitud que estaba allí. (Juan 5, 13)
Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía curando a los enfermos. (Juan 6, 2)
Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?». (Juan 6, 5)