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No dejó sin castigo a la ciudad donde vivía Lot, a los que abominaba a causa de su orgullo. (Eclesiástico 16, 8)
Aunque fuera uno solo el hombre obstinado, sería un milagro que quedara impune, porque en él está la misericordia, pero también la ira, es tan fuerte para el perdón como pródigo para la ira. (Eclesiástico 16, 11)
Él es su primogénito, al que nutrió con su instrucción, y cuando dispensa la luz del amor, no lo abandona. (Eclesiástico 17, 18)
¡Qué grande es la generosidad del Señor y su perdón para los que vuelven a él! (Eclesiástico 17, 29)
Él ve y conoce qué miserable es su fin, y por eso multiplica su perdón. (Eclesiástico 18, 12)
Hijo mío, no eches en cara los beneficios que haces ni acompañes tus dones con palabras ofensivas. (Eclesiástico 18, 15)
El necio reprende sin ningún miramiento y el don del avaro hace correr las lagrimas. (Eclesiástico 18, 18)
Antes de juzgar, examínate a ti mismo, y hallarás perdón cuando el Señor te visite. (Eclesiástico 18, 20)
El que cultiva la tierra levanta bien alto su parva, y el que agrada a los grandes se hace perdonar la injusticia. (Eclesiástico 20, 28)
Dones y regalos ciegan a los sabios y son como un bozal que acalla las críticas. (Eclesiástico 20, 29)
¿Has pecado, hijo mío? No lo vuelvas a hacer, y pide perdón por tus faltas pasadas. (Eclesiástico 21, 1)
¡Señor, Padre y Dueño de mi vida, no me abandones al capricho de mis labios ni me dejes caer por culpa de ellos! (Eclesiástico 23, 1)