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Glorifica a tu padre de todo corazón y no olvides los dolores de tu madre; (Eclesiástico 7, 27)
No cedas en presencia de un insolente, porque él sería como una trampa tendida ante tu boca. (Eclesiástico 8, 11)
No vayas mirando por las calles de la ciudad ni rondes por sus lugares solitarios. (Eclesiástico 9, 7)
No guardes rencor a tu prójimo por ninguna injuria ni hagas nada en un arrebato de violencia. (Eclesiástico 10, 6)
¿De qué se ensoberbece el que es polvo y ceniza, si aún en vida sus entrañas están llenas de podredumbre? (Eclesiástico 10, 9)
el don del Señor permanece con los buenos y su benevolencia les asegura el éxito para siempre. (Eclesiástico 11, 17)
No admires las obras del pecador: confía en el Señor y persevera en tu trabajo, porque es cosa fácil a los ojos del Señor enriquecer de un solo golpe al indigente. (Eclesiástico 11, 21)
En los días buenos se olvidan los malos, y en los malos, se olvidan los buenos. (Eclesiástico 11, 25)
Una hora de infortunio hace olvidar la dicha, y las obras de un hombre se revelan al fin de su vida. (Eclesiástico 11, 27)
No proclames feliz a nadie antes que llegue su fin, porque sólo al final se conoce bien a un hombre. (Eclesiástico 11, 28)
No levantes una carga demasiado pesada, ni trates con uno más fuerte y más rico que tú: ¿puede el vaso de arcilla juntarse con la olla? Esta lo golpeará y aquel se romperá. (Eclesiástico 13, 2)
No te precipites, para no ser rechazado, ni te quedes muy lejos, para no ser olvidado. (Eclesiástico 13, 10)