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Así observé todas las obras que se hacen bajo el sol, y vi que todo es vanidad y correr tras el viento. (Eclesiastés 1, 14)
Porque mucha sabiduría trae mucha aflicción, y el que acumula ciencia, acumula dolor. (Eclesiastés 1, 18)
me hice jardines y parques, y planté allí toda clase de árboles frutales; (Eclesiastés 2, 5)
me fabriqué cisternas, para regar el bosque donde crecían los árboles; (Eclesiastés 2, 6)
Pero luego dirigí mi atención a todas las obras que habían hecho mis manos y a todo el esfuerzo que me había empeñado en realizar, y vi que todo es vanidad y correr tras el viento: ¡no se obtiene ningún provecho bajo el sol! (Eclesiastés 2, 11)
Entonces volví mis ojos hacia la sabiduría, hacia la locura y la insensatez. Porque ¿qué hará el sucesor del rey? Lo mismo que ya se había hecho antes. (Eclesiastés 2, 12)
Porque no perdurará el recuerdo ni del sabio ni del necio: con el paso de los días, todo cae en el olvido. Así es: ¡el sabio muere igual que el necio! (Eclesiastés 2, 16)
Y llegué a detestar la vida, porque me da fastidio todo lo que se hace bajo el sol. Sí, todo es vanidad y correr tras el viento. (Eclesiastés 2, 17)
Y también detesté todo el esfuerzo que había realizado bajo el sol, y que tendré que dejar al que venga después de mí. (Eclesiastés 2, 18)
¿Y quién sabe si él será sabio o necio? Pero será el dueño de lo que yo he conseguido con esfuerzo y sabiduría bajo el sol. También esto es vanidad. (Eclesiastés 2, 19)
Y llegué a desesperar de todo el esfuerzo que había realizado bajo el sol. (Eclesiastés 2, 20)
¿Qué le reporta al hombre todo su esfuerzo y todo lo que busca afanosamente bajo el sol? (Eclesiastés 2, 22)