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Explicar este mundo de maravillas es una cosa que le queda grande aun a los Santos del Señor. Porque el Señor, Dueño del Universo, le dio consistencia en su propia gloria. (Sirácides (Eclesiástico) 42, 17)
El sondea tanto los abismos del mar como los espíritus de los hombres; él ve claro en sus proyectos. El Altísimo conoce todo lo que se puede saber: conoce los signos de los tiempos. (Sirácides (Eclesiástico) 42, 18)
De la luna nueva toma su nombre el mes: ¡qué maravilla cuando llega a su creciente! Ella es el estandarte de los ejércitos celestiales, mientras ilumina la extensión del firmamento. (Sirácides (Eclesiástico) 43, 8)
Los copos de nieve descienden como pájaros; se posa como la langosta. Su blancura inmaculada maravilla a nuestros ojos, el pensamiento queda en suspenso al verla caer. (Sirácides (Eclesiástico) 43, 18)
Los que navegan por el mar nos cuentan sus peligros: ¡se oyen relatos escalofriantes! (Sirácides (Eclesiástico) 43, 24)
¡Hay allí seres extraños y maravillosos, animales de todas las especies, y monstruos marinos! (Sirácides (Eclesiástico) 43, 25)
¡Cuántas maravillas ocultas, mucho más grandes todavía! Sólo hemos visto una pequeña parte de sus obras. (Sirácides (Eclesiástico) 43, 32)
Por eso Dios le hizo un juramento: todas las naciones serían bendecidas en su descendencia, la multiplicaría como el polvo de la tierra, elevaría su descendencia hasta las estrellas, su posteridad dominaría de uno al otro mar, desde el Eufrates hasta donde terminan las tierras en occidente. (Sirácides (Eclesiástico) 44, 21)
Con él fue que el sol dio marcha atrás, cuando prolongó la vida del rey. (Sirácides (Eclesiástico) 48, 23)
También en su tiempo se cavó el depósito para el agua, un estanque tan grande como el mar. (Sirácides (Eclesiástico) 50, 3)
Entonces los hijos de Aarón lanzaban gritos de aclamación, tocaban las trompetas de plata forjada y hacían oír su sonido poderoso, como para llamar la atención del Altísimo. (Sirácides (Eclesiástico) 50, 16)
¡Hay dos naciones que me exasperan y una tercera que ni siquiera merece llamarse de tal. (Sirácides (Eclesiástico) 50, 25)