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El rey, entonces, envió a Nicanor, uno de sus más ilustres generales y enemigo declarado de Israel, dándole la misión de exterminar al pueblo. (1 Macabeos 7, 26)
«Judas Macabeo, sus hermanos y el pueblo de Israel nos han enviado ante ustedes para concertar una alianza de paz y para que seamos contados entre sus aliados y amigos.» (1 Macabeos 8, 20)
Todo el pueblo de Israel estuvo de duelo por él y lo lloró durante muchos días, repitiendo esta lamentación: (1 Macabeos 9, 20)
«¡Cómo ha caído el héroe que salvaba a Israel!» (1 Macabeos 9, 21)
Muerto Judas, reaparecieron los renegados en todo el territorio de Israel y levantaron cabeza los obradores de la maldad. (1 Macabeos 9, 23)
Fue una gran prueba en Israel, como nunca se había visto desde que terminó el tiempo de los profetas. (1 Macabeos 9, 27)
Así hubo paz en Israel, y Jonatán fijó su residencia en Micmás, donde comenzó a gobernar el país, e hizo desaparecer de Israel a los renegados. (1 Macabeos 9, 73)
Cuando Jonatán y el pueblo escucharon tales ofrecimientos, no los creyeron ni los aceptaron, porque recordaban los graves males que Demetrio había causado a Israel y los malos tratamientos a que los había sometido. (1 Macabeos 10, 46)
Algunos hombres renegados, la peste de Israel, se presentaron juntos para acusarlo, pero el rey no les hizo caso. (1 Macabeos 10, 61)
Recibido el mensaje, Jonatán mandó continuar el asedio. Luego decidió exponerse a sí mismo al peligro, y fue a ver al rey con dirigentes y sacerdotes de Israel. (1 Macabeos 11, 23)
Entre tanto, Jonatán pidió al rey que expulsara a los defensores de la ciudadela de Jerusalén y retirara las guarniciones de las fortalezas, porque estaban siempre en guerra contra Israel. (1 Macabeos 11, 41)
Así llegaron todos sanos y salvos al país de Judea. Lloraron a Jonatán y los suyos; todo Israel estuvo de duelo. (1 Macabeos 12, 52)