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¡Oh Dios, más poderoso que todos!, escucha la voz de los sin esperanza, líbranos del poder de los malvados y quítame este miedo". (Ester 14, 19)
Radiante de hermosura, invocó a Dios, árbitro y salvador de todos, y tomó consigo dos doncellas. (Ester 15, 5)
Dios entonces cambió en dulzura el corazón del rey, que apresuradamente saltó del trono, la tomó en sus brazos hasta que se rehizo, y animándola con palabras cariñosas le decía: (Ester 15, 11)
Ester habló: "Te vi, señor, como un ángel de Dios, y mi corazón se turbó por el miedo de tu majestad. (Ester 15, 16)
Y no sólo no se contentan con arrancar del corazón de los hombres los sentimientos de gratitud, sino que, enorgullecidos por los aplausos de los que ignoran el bien, pretenden sustraerse a la justa condena de Dios, que todo lo ve. (Ester 16, 4)
y son hijos del Dios vivo, el grande y el altísimo, que nos conserva el reino en estado floreciente, como lo hizo con nuestros padres. (Ester 16, 16)
pues su autor y su familia han sido ahorcados en las puertas de Susa en justo castigo que Dios, Señor universal, le ha infligido inmediatamente. (Ester 16, 18)
Dios todopoderoso ha querido cambiar en alegría, en favor de su pueblo escogido, el día que debía ser de luto y ruina. (Ester 16, 21)
Había en el país de Hus un hombre llamado Job, hombre perfecto, íntegro, temeroso de Dios y apartado del mal. (Job 1, 1)
Al terminar los días del convite, Job les mandaba llamar para purificarlos; al día siguiente, se levantaba de madrugada y ofrecía un holocausto por cada uno de ellos. Porque pensaba: "Acaso hayan pecado mis hijos y hayan maldecido a Dios en su corazón". Así procedía Job cada vez. (Job 1, 5)
Un día que los hijos de Dios fueron a presentarse ante el Señor, fue también entre ellos Satán. (Job 1, 6)
Y el Señor dijo a Satán: "¿Has reparado en mi siervo Job? No hay nadie en la tierra como él, hombre recto, íntegro, temeroso de Dios y apartado del mal". (Job 1, 8)