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Vamos a matarlo: lo echamos en una cisterna y luego decimos que una bestia feroz lo devoró. Veremos en qué paran sus sueños". (Génesis 37, 20)
Al pasar los mercaderes madianitas, ellos sacaron a José de la cisterna. Vendieron a José a los ismaelitas por veinte monedas de plata, y éstos se lo llevaron a Egipto. (Génesis 37, 28)
Él la reconoció y dijo: "¡Es la túnica de mi hijo! Una bestia feroz lo ha devorado; José ha sido despedazado". (Génesis 37, 33)
Jacob rasgó sus vestiduras, se puso un saco a la cintura y guardó luto por su hijo durante muchos días. (Génesis 37, 34)
Sus hijos y sus hijas fueron todos a consolarle, pero él rechazó todo consuelo y dijo: "Quiero bajar de luto a la tumba con mi hijo". Y su padre lo lloró. (Génesis 37, 35)
Por entonces Judá se separó de sus hermanos y se fue a casa de un adulamita, llamado Jirá. (Génesis 38, 1)
Allí vio a la hija de un cananeo llamado Súa, la tomó por mujer y vivió con ella. (Génesis 38, 2)
Pero Er, primogénito de Judá, desagradó al Señor, que le quitó la vida. (Génesis 38, 7)
Desagradó al Señor lo que hacía, y le hizo morir. (Génesis 38, 10)
Entonces Judá dijo a su nuera: "Vuelve como viuda a la casa de tu padre, hasta que se haga mayor mi hijo Selá". Él se decía: "No sea que muera también él como sus hermanos". Tamar volvió a casa de su padre. (Génesis 38, 11)
Fueron pasando los días, y la hija de Súa, la mujer de Judá, murió. Cuando terminó el duelo por ella, Judá subió con su amigo Jirá, el adulamita, al esquileo de su ganado a Timná. (Génesis 38, 12)
Judá la vio y la tomó por una prostituta, pues había cubierto su rostro. (Génesis 38, 15)