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Del hijo de la esclava haré también un gran pueblo, porque es de tu raza". (Génesis 21, 13)
Abrahán se levantó muy de mañana, tomó pan y un odre de agua y se lo dio a Agar; puso el niño sobre su hombro, y la despidió. Ella se fue y anduvo errante por el desierto de Berseba. (Génesis 21, 14)
Cuando se agotó el agua del odre, dejó al niño bajo un matorral (Génesis 21, 15)
y se sentó enfrente, a la distancia de un tiro de arco, diciéndose: "No puedo ver morir al niño". Y se sentó enfrente. El niño se puso a llorar a gritos. (Génesis 21, 16)
Dios oyó los gritos del niño, y el ángel de Dios llamó desde el cielo a Agar y le dijo: "¿Qué te pasa, Agar? No temas, porque Dios ha oído los gritos del pequeño desde el lugar en que está. (Génesis 21, 17)
Levántate, coge al niño y tómalo de la mano, porque de él haré yo un gran pueblo". (Génesis 21, 18)
Y Dios estuvo con el niño, el cual creció, habitó en el desierto y llegó a ser un gran tirador de arco. (Génesis 21, 20)
Por aquel tiempo Abimelec, acompañado por Picol, jefe de su ejército, fue a decir a Abrahán: "Dios está contigo en todo lo que haces. (Génesis 21, 22)
Júrame aquí, por Dios, que no me engañarás a mí, ni a mis hijos, ni a mis parientes, sino que tendrás conmigo y con el país que te hospedó la misma benevolencia que yo he tenido contigo". (Génesis 21, 23)
Pero Abrahán tuvo que llamar la atención a Abimelec porque sus criados se habían apoderado con violencia de un pozo. (Génesis 21, 25)
Luego apartó siete corderas del rebaño, (Génesis 21, 28)
y Abimelec le preguntó: "¿Qué significan estas siete corderas que has apartado?". (Génesis 21, 29)