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Cuando se enteró el profeta que había hecho volver al otro de su camino exclamó: "Es el hombre de Dios, que ha sido rebelde al mandato del Señor, y por eso el Señor lo ha entregado al león para que lo matara y lo despedazara, como había dicho el Señor". (I Reyes 13, 26)
Así lo hizo; fue a Silo, y entró en la casa de Ajías. Ajías no podía ver, pues, por la vejez, tenía los ojos apagados. (I Reyes 14, 4)
Entonces el rey de Israel convocó a todos los ancianos del país y dijo: "Considerad y ved la injusticia que éste busca: me ha mandado a pedir mis mujeres y mis hijos, después de no haberle negado mi plata y mi oro". (I Reyes 20, 7)
El niño creció, y un día, que fue adonde estaba su padre con los segadores, (II Reyes 4, 18)
Cuando Eliseo, el hombre de Dios, se enteró de que el rey había rasgado sus vestiduras, le mandó a decir: "¿Por qué has rasgado tus vestiduras? Que venga a mí y sabrá que en Israel hay un profeta". (II Reyes 5, 8)
El criado del hombre de Dios se levantó de madrugada y, al salir, vio la tropa que sitiaba la ciudad con caballos y carros. El muchacho dijo a Eliseo: "¡Ay, señor mío!, ¿qué hacemos?". (II Reyes 6, 15)
Eliseo fue a Damasco. Ben Hadad, rey de Siria, que estaba enfermo, recibió la noticia de que había llegado el hombre de Dios. (II Reyes 8, 7)
que se vio obligado a retirarse a Yezrael para curarse de las heridas recibidas en Ramot cuando luchaba contra Jazael, rey de Siria. Ocozías, hijo de Jorán, rey de Judá, fue a visitar a Jorán, hijo de Ajab, en Yezrael, mientras convalecía. (II Reyes 8, 29)
El jinete fue a su encuentro y dijo: "El rey pregunta si venís en son de paz". Jehú respondió: "¿Qué te importa a ti la paz? Ponte a mi retaguardia". Y el centinela notificó: "El emisario ha llegado hasta ellos, pero no vuelve". (II Reyes 9, 18)
El centinela notificó de nuevo: "Ha llegado hasta ellos, y no vuelve. Pero la marcha se parece a la marcha de Jehú, hijo de Nimsí, pues avanza con mucho ímpetu". (II Reyes 9, 20)
Jehú dio muerte también a todos los restantes de la casa de Ajab que había en Yezrael, a todos sus magnates, allegados y sacerdotes, hasta no dejar un superviviente. (II Reyes 10, 11)
Y ordenó: "Promulgad una fiesta en honor de Baal". Y, en efecto, fue anunciada. (II Reyes 10, 20)