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Los que están sobre el pedregal son los que oyen la palabra y la aceptan con alegría; pero no tienen raíz, creen por algún tiempo y en el momento de la prueba se vuelven atrás. (Lucas 8, 13)
Porque nada hay oculto que no sea descubierto, ni secreto que no sea conocido y puesto en claro. (Lucas 8, 17)
Se lo anunciaron: "Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte". (Lucas 8, 20)
Los discípulos se acercaron y lo despertaron, diciendo: "¡Maestro, maestro, que perecemos!". Él se levantó, increpó al viento y a las olas, que cesaron, y se hizo la calma. (Lucas 8, 24)
Entonces les dijo: "¿Dónde está vuestra fe?". Llenos de miedo y de admiración, se decían: "¿Quién es éste, que manda incluso a los vientos y al agua y le obedecen?". (Lucas 8, 25)
Jesús le preguntó: "¿Cómo te llamas?". Él contestó: "Me llamo legión". Porque habían entrado en él muchos demonios. (Lucas 8, 30)
La gente fue a ver qué había sucedido y, al llegar, encontraron al hombre del que habían salido los demonios sentado a los pies de Jesús, vestido y en su sano juicio; y se llenaron de miedo. (Lucas 8, 35)
Y toda la gente de la comarca de los gerasenos rogó a Jesús que se fuera de allí porque estaban llenos de miedo. Él subió a la barca y regresó. (Lucas 8, 37)
Al volver Jesús, la gente lo recibió con alegría, pues todos estaban esperándolo. (Lucas 8, 40)
porque su hija única, de unos doce años, se estaba muriendo. Mientras Jesús iba, la gente lo apretujaba. (Lucas 8, 42)
Jesús dijo: "¿Quién me ha tocado?". Como todos lo negaban Pedro dijo: "Maestro, es la gente que te rodea y te apretuja". (Lucas 8, 45)
Todavía estaba hablando cuando llegó uno de casa del jefe de la sinagoga diciendo: "Tu hija ha muerto; no molestes ya al maestro". (Lucas 8, 49)