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Pero cuando se convirtieron a su Dios, volvieron a posesionarse de Jerusalén, donde está su santuario, y habitaron la región montañosa, que estaba libre. (Judit 5, 19)
"¿Quién eres tú, Ajior, y vosotros, mercenarios de Efraín, para profetizar hoy aquí y para intentar persuadirnos de no pelear contra Israel, pretextando que Dios lo protege? ¿Y qué Dios existe, a no ser Nabucodonosor? Él nos dará fuerza y los exterminará de la faz de la tierra, sin que pueda librarlos su Dios. (Judit 6, 2)
Los quemaremos a todos, sus montañas chorrearán su sangre y sus llanuras serán cementerios. La planta de sus pies no resistirá ante nosotros, perecerán sin remedio, dice el rey Nabucodonosor, señor de toda la tierra. Él ha hablado, y no caerá en el vacío ninguna de sus palabras. (Judit 6, 4)
Ellos, deslizándose por la ladera, ataron a Ajior, lo abandonaron en la falda del monte y se volvieron adonde estaba su jefe. (Judit 6, 13)
que eran entonces Ozías, hijo de Miqueas, de la tribu de Simeón; Cabris, hijo de Godoniel, y Carmis, hijo de Melquiel. (Judit 6, 15)
Este pueblo de los israelitas confía, más que en sus lanzas, en las alturas de sus montañas, donde están replegados y donde no es fácil subir. (Judit 7, 10)
Como de allí se surten de agua los de Betulia, los acosará la sed y tendrán que entregar su ciudad. Entonces nosotros y nuestras tropas subiremos a lo alto de las montañas, donde destacaremos puestos de guardia para impedir que nadie salga de la ciudad. (Judit 7, 13)
Los hombres de Esaú y los amonitas subieron y acamparon en la montaña frente a Dotán, de donde enviaron algunos al sur y al este, cara a Egrebel, cerca de Jus, que está sobre el torrente Mocmur. El resto del ejército asirio acampó en la llanura, cubriendo todo el país. Sus tiendas y su equipamiento eran una mole ingente, pues era una muchedumbre impresionante. (Judit 7, 18)
Ozías les respondió: "Tened calma, hermanos; resistamos todavía cinco días; en estos días, nuestro Dios se compadecerá de nosotros, pues él no nos abandonará totalmente. (Judit 7, 30)
Pero nosotros no conocemos otro Dios que él; por eso esperamos que no nos abandonará ni a nosotros ni a nuestra nación. (Judit 8, 20)
de la matanza de nuestros hermanos, de la esclavitud de nuestra tierra, de la destrucción de nuestros bienes en medio de los pueblos donde estemos desterrados. Nuestros conquistadores nos humillarán y nos despreciarán, (Judit 8, 22)
Estad vosotros esta noche a la puerta de la ciudad; saldré yo con mi doncella y, antes de expirar el tiempo fijado para entregar la ciudad a nuestros enemigos, habrá librado el Señor a Israel por mediación mía. (Judit 8, 33)