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¿Quieres saber, oh insensato, que la fe sin obras es estéril? (Santiago 2, 20)
Abrahán, nuestro Padre, ¿no fue justificado por las obras cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? (Santiago 2, 21)
Se cumplió la Escritura, que decía: Abrahán creyó en Dios y le fue tenido como justicia y fue llamado amigo de Dios. (Santiago 2, 23)
Veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no sólo por la fe. (Santiago 2, 24)
¿Y Rajab, la prostituta, no fue también justificada por las obras, al recibir a los mensajeros y hacerles partir por otro camino? (Santiago 2, 25)
Hermanos míos, no queráis ser todos maestros, sabiendo que tendremos un juicio más severo. (Santiago 3, 1)
Todos faltamos de muchas maneras. Si uno no falta en las palabras, es un hombre perfecto, capaz de refrenar también todo su cuerpo. (Santiago 3, 2)
Metemos el freno en la boca a los caballos para que nos obedezcan y podamos así dirigir todo su cuerpo. (Santiago 3, 3)
Así también la lengua es un pequeño miembro que se atreve a grandes cosas. Observad que una pequeña chispa puede incendiar un bosque inmenso. (Santiago 3, 5)
La lengua es también de fuego; el mundo de la injusticia. La lengua puesta en medio de nuestros miembros infecta todo nuestro cuerpo y prende fuego al curso de nuestra vida, cuando ella está incendiada con el fuego del infierno. (Santiago 3, 6)
Toda clase de bestias y de aves, de reptiles y de peces es domable, y ha sido de hecho domada por los hombres. (Santiago 3, 7)
Pero nadie ha podido domar nunca la lengua: es un azote irrefrenable, llena de veneno mortífero. (Santiago 3, 8)