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no debe emborracharse, ni ser amigo de peleas; debe ser ecuánime, pacífico y desinteresado; (I Timoteo 3, 3)
que sepa gobernar bien su propia casa y hacer que sus hijos sean obedientes y respetuosos; (I Timoteo 3, 4)
Que no sea recién convertido, para que no le seduzca el orgullo y venga a caer en la condenación del diablo. (I Timoteo 3, 6)
Es también necesario que tenga buena fama ante los de fuera, para que no incurra en el descrédito y en los lazos del diablo. (I Timoteo 3, 7)
Asimismo, que los diáconos sean hombres dignos, formales, no aficionados a la bebida y a los negocios sucios. (I Timoteo 3, 8)
Primero, que sean probados; y si son irreprochables, que ejerzan el ministerio del diaconado. (I Timoteo 3, 10)
Las mujeres, igualmente, que sean dignas, no chismosas, moderadas en la bebida, fieles en todo. (I Timoteo 3, 11)
Y sin duda alguna es grande el misterio de nuestra religión: "Que se ha manifestado como hombre, ha sido acreditado por el Espíritu, se ha mostrado a los ángeles, ha sido anunciado a las naciones, creído en el mundo, elevado a la gloria". (I Timoteo 3, 16)
El Espíritu claramente dice que en los últimos tiempos algunos renegarán de la fe, dando oídos a espíritus seductores y enseñanzas diabólicas, (I Timoteo 4, 1)
inducidos por la hipocresía de impostores, cuya conciencia se halla marcada al rojo vivo, (I Timoteo 4, 2)
que prohíben el matrimonio y ciertos alimentos que Dios ha creado para que los creyentes y los que conocen la verdad los coman y den gracias a Dios por ello. (I Timoteo 4, 3)
Pues todo lo que Dios ha creado es bueno, y nada se debe rechazar, sino recibirlo con agradecimiento, (I Timoteo 4, 4)