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Nuestros padres recibieron como herencia esta Morada y, bajo la guía de Josué, la introdujeron en el país conquistado a los pueblos que Dios iba expulsando a su paso. Así fue hasta el tiempo de David. (Hechos 7, 45)
si bien es cierto que el Altísimo no habita en casas hechas por la mano del hombre. Así lo dice el Pro feta: (Hechos 7, 48)
El cielo es mi trono, y la tierra la tarima de mis pies. ¿Qué casa me edificarán ustedes, dice el Señor, o dónde podrá estar mi lugar de reposo? (Hechos 7, 49)
¡Hombres rebeldes, paganos de corazón y cerrados a la verdad! Ustedes siempre resisten al Espíritu Santo y son iguales a sus padres. (Hechos 7, 51)
los que recibieron la Ley por intermedio de los ángeles y no la cumplieron». (Hechos 7, 53)
Al oír esto, se enfurecieron y rechinaban los dientes contra él. (Hechos 7, 54)
Esteban, lleno del Espíritu Santo y con los ojos fijos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús, que estaba de pie a la derecha de Dios. (Hechos 7, 55)
Entonces exclamó: «Veo el cielo abierto y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios». (Hechos 7, 56)
Ellos comenzaron a vociferar y, tapándose los oídos, se precipitaron sobre él como un solo hombre; (Hechos 7, 57)
y arrastrándolo fuera de la ciudad, lo apedrearon. Los testigos se quitaron los mantos, confiándolos a un joven llamado Saulo. (Hechos 7, 58)
Mientras lo apedreaban, Esteban oraba, diciendo: «Señor Jesús, recibe mi espíritu». (Hechos 7, 59)
Saulo aprobó la muerte de Esteban. Ese mismo día, se desencadenó una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén. Todos, excepto los Apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría. (Hechos 8, 1)