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Olvidasteis al Dios eterno, el que os sustentó; y afligisteis a Jerusalén, la que os crió. (Baruc 4, 8)
Ten ánimo, Jerusalén; te consolará aquel que te ha dado un nombre. (Baruc 4, 30)
Vuelve tus ojos al oriente, Jerusalén, y contempla el gozo que te viene de Dios. (Baruc 4, 36)
Jerusalén, quítate tu ropa de luto y aflicción y vístete para siempre la magnificencia de la gloria que te viene de Dios. (Baruc 5, 1)
Levántate, Jerusalén, sube a lo alto, vuelve tus ojos hacia oriente y mira a tus hijos reunidos del oriente al occidente por la palabra del santo, alegres del recuerdo de Dios. (Baruc 5, 5)
Copia de la carta que mandó Jeremías a los que iban a ser deportados a Babilonia por el rey de los babilonios, para informarles de lo que Dios le había encomendado. (Baruc 6, 0)
Estad en guardia: no hagáis como esos extranjeros, no os dejéis asustar por esos dioses, (Baruc 6, 4)
Las ofrendas que les hacen, los sacerdotes las venden para su provecho, otra parte la ponen en conserva sus mujeres, sin repartir nada al pobre y al enfermo. Y las mujeres que acaban de dar a luz y las que están en estado de menstruación tocan esas ofrendas. (Baruc 6, 27)
Y ¿cómo pueden llamarse dioses? Son mujeres las que presentan ofrendas ante estos dioses de plata, de oro y de madera. (Baruc 6, 29)
Los sacerdotes toman las ropas de sus dioses para vestir a sus mujeres y a sus hijos. (Baruc 6, 32)
Las mujeres ceñidas de cuerdas se sientan junto a los caminos quemando como incienso el salvado; (Baruc 6, 42)
Tampoco pueden resistir a un rey ni a un ejército enemigo. (Baruc 6, 55)