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Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: «Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?». (Marcos 5, 35)
Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: «No temas, basta que creas». (Marcos 5, 36)
fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. (Marcos 5, 38)
Por eso les dijo: «Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa». (Marcos 6, 4)
Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. (Marcos 6, 5)
Y él se asombraba de su falta de fe. Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente. (Marcos 6, 6)
expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo. (Marcos 6, 13)
Otros afirmaban: «Es Elías». Y otros: «Es un profeta como los antiguos». (Marcos 6, 15)
Herodes, en efecto, había hecho arrestar y encarcelar a Juan a causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe, con la que se había casado. (Marcos 6, 17)
Un día se presentó la ocasión favorable. Herodes festejaba su cumpleaños, ofreciendo un banquete a sus dignatarios, a sus oficiales y a los notables de Galilea. (Marcos 6, 21)
y comenzaron a recorrer toda la región para llevar en camilla a los enfermos, hasta el lugar donde sabían que él estaba. (Marcos 6, 55)
En todas partes donde entraba, pueblos, ciudades y poblados, ponían a los enfermos en las plazas y le rogaban que los dejara tocar tan sólo los flecos de su manto, y los que lo tocaban quedaban curados. (Marcos 6, 56)