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Delante de tus ojos, su boca es toda dulzura y se extasía con tus palabras, pero por detrás cambia de lenguaje y tiende una trampa con tus mismas palabras. (Eclesiástico 27, 23)
mira con sus ojos y lanza un suspiro, como un eunuco cuando abraza a una virgen. (Eclesiástico 30, 20)
es mejor que tus hijos te pidan que tener tus ojos fijos en sus manos. (Eclesiástico 33, 22)
Los ojos del Señor miran a aquellos que lo aman: él es escudo poderoso y apoyo seguro, refugio contra el viento abrasador y el ardor del mediodía, salvaguardia contra el tropiezo y auxilio contra la caída. (Eclesiástico 34, 16)
Él levanta el ánimo e ilumina los ojos, da salud, vida y bendición. (Eclesiástico 34, 17)
Como inmolar a un hijo ante los ojos de su padre, es presentar una víctima con bienes quitados a los pobres. (Eclesiástico 34, 20)
Lo mismo pasa con el herrero, sentado junto al yunque, con la atención fija en el hierro que forja: el vaho del fuego derrite su carne y él se debate con el calor de la fragua; el ruido del martillo ensordece sus oídos y sus ojos están fijos en el modelo del objeto; pone todo su empeño en acabar sus obras y se desvela por dejarlas bien terminadas. (Eclesiástico 38, 28)
Las obras de todo ser viviente están ante él y nada puede ocultarse a sus ojos. (Eclesiástico 39, 19)
Si tu hija es atrevida, vigílala bien, no sea que te convierta en la burla de tus enemigos, en la habladuría de la ciudad y el comentario de la gente, y te cubra de vergüenza a los ojos de todos. (Eclesiástico 42, 11)
No fijes tus ojos en la belleza de nadie ni trates con familiaridad a las mujeres. (Eclesiástico 42, 12)
Se atiza el horno para la forja, pero tres veces más abrasa el sol las montañas; él exhala los vapores ardientes y con el brillo de sus rayos enceguece los ojos. (Eclesiástico 43, 4)
Como bandada de pájaros, él esparce la nieve y, al bajar, ella se posa como la langosta; el resplandor de su blancura deslumbra los ojos y el espíritu se embelesa al verla caer. (Eclesiástico 43, 18)